Posteado por: Om Espacio Dinámicas Integradas | 26 mayo 2011

Contra la Soledad, Solidaridad

“Si no puedo cambiar cuando las circunstancias lo exigen, ¿cómo puedo esperar que otros  lo hagan?”

Nelson Mandela



¡Hola!

Nuestras vivencias de niños, además de marcarnos un camino de aprendizaje en la vida, también son un importante referente para el futuro de adultos.

A veces, los niños resuelven las cosas con un modelo de pensamiento más simple que el adulto, y por eso debemos validar nuestras vivencias. Es una herramienta muy útil, no solo para educar a nuestros hijos sino para guiarnos a nosotros mismos.

Esto no quiere decir, sin embargo, que nos pasemos todo el tiempo en el pasado, quiere decir solamente que no existe ninguna vida inútil, incluso si intelectualmente no tiene un sentido claro para nosotros.

En servicio,
Santiago Mariño
Coach | Consultor
Procesos de Cambio Personal u Organizacional
www.SantiagoMarino.com


EL SENTIDO DE SENTIR, por María Antonieta Solórzano

CONTRA LA SOLEDAD, SOLIDARIDAD

Se ha vuelto un lugar común hablar de la soledad. Se siente solo el cónyuge cuando la pareja tiene un proyecto propio; se siente solo el padre o la madre cuando sus propuestas no son obedecidas; se sienten solos los hijos cuando sus padres no aprueban sus gustos o decisiones; se sienten solos los maestros cuando sus enseñanzas no son interesantes para sus alumnos; se siente sola la víctima de un atraco cuando nadie le ayuda liberarse; se siente solo, en fin, el niño que se ha perdido en una multitud.

Nos sentimos solos cada vez que en el mundo se ignoran nuestras necesidades, ya que el anhelo profundo de los seres humanos es contar con los otros. Lo curioso es que a pesar de que este deseo es compartido por todos, hemos construido una sociedad en la que contar con el otro es una experiencia poco común. ¿Estaremos los seres humanos destinados a renunciar a la solidaridad y seguir solos?

Y es que tradicionalmente y desde niños, hemos aprendido que el único ser con el que contamos verdaderamente es con la madre; y solo a veces con el padre que también forma parte de las raíces amorosas de una persona. Pero en nuestra cultura la madre es el modelo, la quintaesencia del amor, solo de ella se puede recibir amor incondicional. Frases coloquiales como “a ese no lo quiere ni la mamá”, o “a las niñas gordas solo las quiere la madre”, evidencian esta creencia. Ni hablar de la tristemente célebre frase que hace una década y media identificó a los sicarios del narcotráfico: “madre no hay sino una, padre es cualquier…”

Así, lo más catastrófico que puede sucederle a un ser humano de nuestra historia cultural es que la madre le falte. La orfandad es vista como el arquetipo de la soledad. Y lo más usual es que, precisamente, la manera en la que la madre trata a un niño o niña, se convierte en el modelo de las futuras relaciones amorosas.

Entonces, todo lo que nos pasa en la niñez resulta de la mayor importancia. Aquel que aprendió que el silencio es una manera de acompañar al amado, se sentirá solo en presencia de la cháchara del que cree que cuando se ama a alguien, se le conversa. El que se educó con la sensación de que hacer las cosas por su cuenta es lo que importa, se sentirá invalidado por el que piensa que estar pendiente de las necesidades del otro es amor.

Y es que precisamente las formas del amor y el amor mismo en nuestra tradición cultural, también se han convertido en un producto exclusivo y privado. Al igual que en el dicho popular que reza que cada quien tiene su propia manera de matar pulgas; cada quien tiene su método exclusivo y excluyente para mostrar el amor. En consecuencia, hemos aprendido a amar solo a los de nuestra sangre, de nuestra familia, clase, barrio o club. En fin, solo a los de nuestro pequeño mundo.

Así las cosas, nadie puede recibir amor de un extraño, nadie puede reconocer el amor si se lo dan en un código distinto del que aprendió en su hogar. En estas circunstancias qué fácil resulta sentirse solo, abandonado o aislado. Pero también doloroso y peligroso, pues por este camino hemos entendido que a nadie le importamos verdaderamente, que no somos necesarios, que somos reemplazables.

En la consulta, las adolescentes y los adolescentes lloran contándome que descubrieron que sus amigos son hipócritas, que no los quieren de verdad. Ni siquiera desean vivir, pues el dolor de descubrir un mundo en el que no pueden confiar les quita toda ilusión.

Cuando en la conversación comienzan a descubrir que tienen la posibilidad de construir una sociedad diferente, pues no es la naturaleza humana la que hace que sus compañeros se comporten de esa manera sino, más bien, se debe a una programación cultural, entonces se tranquilizan. Pero lo más importante, en ese momento recuperan su capacidad de contar con ellos mismos cuando se dan cuenta de que, precisamente ellos, por ser jóvenes, pueden construir el mundo en que quieren vivir.

¿Qué pasaría con nuestros sentimientos de soledad si recordáramos los sueños y las maneras de ser solidarios y de amar que practicamos con los amigos durante nuestra adolescencia? Probablemente reconoceríamos que la soledad tiene que ver con usar códigos restringidos para dar y recibir amor, pero notaríamos sobretodo que la soledad es el resultado de convertir el amor en otra propiedad privada.

(María Antonieta atiende consulta individual y realiza otras actividades relacionadas con su práctica profesional según se le solicite. Para mayor información, por favor escribe a: mariaantonieta.solorzano@gmail.com)
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