Posteado por: Om Espacio Dinámicas Integradas | 17 noviembre 2015

Rupert Sheldrake y la Teoría de la Causación Formativa

Rupert Sheldrake y la Teoría de la Causación Formativa:

“El libro Una nueva ciencia de la vida es el mejor candidato a la hoguera que ha habido en muchos años”. Estas son frases del editorial de un ejemplar de la revista Nature en 1981 refiriéndose a la primera publicación de la teoría de la causación formativa o de los campos mórficos del biólogo Rupert Sheldrake.
La teoría consiste, más o menos, en que todas las nuevas formas, tanto vivas como inertes o incluso inmateriales, proceden de un orden implícito creativo generado por un campo mórfico, y evolucionan conforme a la costumbre de organizarse de uno o de otro modo.Para explicar bien esta teoría es necesario recurrir a ciertos conceptos previos:

Sheldrake utiliza en su teoría el concepto de “campo”. Este concepto es hoy en día, tras la evolución de las teorías del magnetismo, más fundamental que el de “materia”, y se utiliza respecto a la gravitación y en la teoría cuántica. Ya Michael Faraday afirmaba que la única realidad subyacente es el campo, pero científicos como Einstein también pensaban así. Hoy los campos y la energía (E=mc2 implica una equivalencia entre masa y energía) son considerados la base de la realidad física. Así, como dice Karl Popper, “el materialismo se ha trascendido a sí mismo”.

Por otro lado, la teoría del caos ha introducido la noción de “atractor”. Un atractor es un punto al que se dirige un sistema dinámico. Dicho atractor puede ser fijo, como el fondo de un recipiente cónico hacia el que tenderá a estabilizarse cualquier cosa que en él se eche, o caótico, lo que implica que el sistema nunca se estabiliza, lo cual es una matización de la segunda ley de la termodinámica que le valió el premio Nobel a Ilya Prigogine. Hoy se sabe que los sistemas no caóticos son tan comunes como una aguja en un pajar.

Además, tenemos el descubrimiento de los fractales por Mandelbrot, que demuestra que la organización de todo lo visible y lo subyacente, desde las coliflores hasta las líneas de costa de los continentes del planeta, se organizan conforme a modelos caóticos. Todo esto implica también la noción de “orden generativo”. La geometría fractal es mucho más acorde al mundo que la euclidica, utilizada hasta hace poco por la física.

Finalmente, la teoría del orden implicado de D. Bohm, que será tratada en profundidad próximamente, postula que lo que vemos es el orden explicado, y que existe al menos un orden implicado, si no más, subyacentes a dicha percepción. Así, en un espacio de dos dimensiones sólo se ven sombras, pero lo que las provoca puede tener tres o, en términos de teoría cuántica, donde las ondas interseccionan de cierto modo, nosotros vemos partículas sin masa: fotones. Se trata de una teoría matemática fundamentada de clara analogía con el míto de la caverna de Platón y con ciertas e interesantes teorías de principios de siglo como la de H. Hinton sobre la cuarta dimensión.

Ya comenzando, sucede que hoy en día, todos los biólogos del desarrollo reconocen que el ADN no es suficiente para explicar cómo se forma el ser humano desde el óvulo y el espermatozoide hasta el ser adulto. El ADN es el mismo en todas las células, y sin embargo estas tienen distintas funciones. Los mecanismos moleculares son, en palabras de Sydney Brenner, “fastidiosamente sencillos, y no explican los principios de la organización”. Así pues, debe intervenir una influencia formativa que no es el ADN.

En la década de los 20 algunos biólogos propusieron el concepto de los campos morfogénicos (o “embrionarios” o “evolutivos”). Estos campos existían dentro y en torno de los organismos, y contenían en sí una jerarquía de campos dentro de campos: campos de órganos, de tejidos, de células. Igual que las entelequias aristotélicas, los campos morfogénicos atraían los sistemas en desarrollo hacia los fines, metas o representaciones contenidos en ellos. El matemático René Thom expresó esta idea así: “Toda creación o destrucción de formas, o morfogénesis, puede describirse por la desaparición de los atrayentes que representan las formas iniciales, y su reemplazo mediante captura por los atrayentes que representan las formas finales”. Esta idea ha sido ampliamente aceptada en la biología del desarrollo.

Pero la hipótesis de la causación formativa de Sheldrake es ligeramente distinta. Esta teoría sugiere que los sistemas que se autoorganizan en todos los niveles de complejidad -incluso las moléculas, los cristales, las células, los tejidos, los organismos y las sociedades de organismos- son organizados por “campos mórficos”. Los campos morfogénicos son sólo un tipo de campo mórfico, el relacionado con el desarrollo y el mantenimiento de los cuerpos de los organismos.

Lo siguiente es un extracto de su libro “El Renacimiento de la Naturaleza”:

“Esta hipótesis es inevitablemente polémica, pero puede someterse a prueba con experimentos, y ya existen considerables observaciones circunstanciales en su favor. Por ejemplo, cuando se cristaliza por primera vez una sustancia química orgánica (digamos, una nueva droga), no habrá ninguna resonancia mórfica de cristales anteriores de este tipo. Tiene que crearse un nuevo campo mórfico; entre la variedad de maneras energéticamente posibles en que la sustancia podría cristalizar, sólo una cobra realidad. La próxima vez que esta sustancia cristalice en cualquier lugar del mundo, la resonancia mórfica de los primeros cristales aumentará la posibilidad de esta misma pauta de cristalización, y así sucesivamente. A medida que la pauta se convierte en algo cada vez más habitual, aparece una memoria acumulativa. Como consecuencia, el cristal tenderá a formarse más fácilmente en todo el mundo. Esta tendencia es bien conocida; por lo general, resulta difícil que cristalicen nuevos compuestos; a veces se necesitan semanas, o incluso meses, para su formación en soluciones sobresaturadas. A medida que pasa el tiempo, tienden a aparecer con más facilidad en todo el mundo. Entre los químicos, la explicación más aceptada de este fenómeno es que hay fragmentos de los cristales anteriores que pasan de un laboratorio a otro prendidos en las barbas o las ropas de los químicos”.

La teoría de Sheldrake puede parecer polémica, pero esto último es una gilipolléz.

Respecto a los organismos vivos, Sheldrake dice que:

“Los organismos vivos no sólo heredan los genes, sino también los campos mórficos. Los genes se reciben materialmente de los antepasados, y permiten elaborar ciertos tipos de moléculas proteínicas; los campos mórficos se heredan de un modo no-material, por medio de la resonancia mórfica, no sólo de los antepasados directos, sino también de los demás miembros de la especie. El organismo en desarrollo se sincroniza con los campos mórficos de su especie, y de tal modo se basa en una memoria mancomunada o colectiva”.

La existencia de este campo sincrónico probaría, por ejemplo, los múltiples ejemplos de evoluciones paralelas de animales separados por miles de kilómetros o incluso en islas diferentes, inexplicables conforme a la teoría de la evolución de Darwin.

Otra de las implicaciones de esta teoría es para la memoria. Durante décadas los científicos han tratado de localizar la memoria en el cerebro, sin ningún éxito. Incluso con el 60% del cerebro seccionado, los animales siguen recordando aquello que han aprendido. La hipótesis de Sheldrake es que esta memoria no existe, y que lo único que existe es el hábito y el campo mórfico. Así, recordamos nuestros actos porque somos muy parecidos a como éramos, y recordamos menos el pasado porque el hábito ha ido modificándose (así del pasado, solo recordamos aquello que repasamos con cierta frecuencia).

Por ello, buscar la memoria en el cerebro está condenado al fracaso, al igual que lo estaría la búsqueda dentro del televisor de huellas de los programas que uno haya visto la semana pasada: el aparato sintoniza transmisiones, pero no las almacena. La pérdida de la memoria equivaldría más a un televisor estropeado que a que las ondas que transmiten la programación hayan desaparecido. El cerebro se limitaría a sintonizar con el hábito grabado en el campo mórfico.

Todo esto tiene mucha relación con la teoría del inconsciente colectivo de Carl Jung. Conforme al psicólogo suizo, existe un nivel colectivo dentro del inconsciente, común a toda la especie y formado por los “arquetipos”, pero de todas formas me parece que hablaremos de Jung en otro post.

Por otro lado, existen modos experimentales de probar la teoría de la causación formativa en su relación con la memoria. Por ejemplo, cuando unas ratas de laboratorio aprenden a resolver un laberinto en América, las ratas de laboratorio británicas lo resuelven con mayor facilidad, y estadísticamente resulta más sencillo para una persona que no sabe persa escribir en persa que escribir una grafía inventada, lo cual se explicaría por el hecho de que ya se ha formado un hábito de miles de años de escribir dichas palabras, hábito que ha creado una resonancia mórfica que invade a toda la especie.

La teoría también explica la coordinación milimétrica de aves y bandadas de peces, coordinación sincrónica que de momento no tenía ningún tipo de explicación científica. También está relacionada con la teoría de las superestructuras o superorganismos, y explica el funcionamiento de hormigueros y otro tipo de colonias de individuos sociales que en biología se estudian como organismos vivos en sí.

Finalmente, de todo esto se deriva que incluso las denominadas leyes de la naturaleza podrían ser más semejantes a hábitos conservados por resonancia mórfica. El problema de lo que son realmente estas leyes inmateriales, y el modo como operan, se suele esquivar volviendo bruscamente a la idea de que son sólo modelos mentales. Pero es que si las leyes de la naturaleza son modelos matemáticos de la mente humana pueden ser modelos de aspectos habituales de la naturaleza en evolución, antes que modelos de leyes eternas.

La teoría de Rupert Sheldrake no es del todo original, y tiene múltiples antecedentes filosóficos. Así, por ejemplo, los siguientes:

En el siglo III a.C., el filósofo Plotino pensaba que esta alma cósmica era la fuente de todas las almas que había dentro de ella: “Hay un Alma y muchas almas. Del Alma única proceden una multiplicidad de diferentes almas”. Las teorías modernas del campo unificado pueden parafrasearse idénticamente: “Hay un Campo y muchos campos. Del Campo único proceden una multiplicidad de diferentes campos”.

En el siglo XIX, Arthur Schopenhauer, en “Sobre la voluntad en la naturaleza”, atribuía a la voluntad el carácter de significado último, de principio que todo lo mueve, y atribuía la evolución (antes de Darwin) al seguimiento de esta voluntad. En el marco de la teoría de Sheldrake, dicha voluntad sería el atractor que mueve a los campos mórficos en cada momento.

El filósofo vitalista Henry Bergson atribuía la creatividad de la evolución a un impulso vital, el élan vital. Según este modo de ver, el proceso de la evolución no está diseñado y planificado de antemano en la mente de un Dios trascendente, sino que es espontáneo y creador.

La teoría de Sheldrake también está en parte relacionada con la teoría de la evolución de Lamarck, dado que él tenía en cuenta la voluntad de cada animal (en palabras de Schopenhauer no sería voluntad sino “albedrío”, puesto que la voluntad es anterior al animal) como mecanismo desencadenador del cambio. Pero conforme a Sheldrake, no es exactamente así, sino que primero, la nueva pauta tiene que existir gracias a un salto o a una síntesis creadores y segundo, queda sujeta a la selección natural darwiniana. De todas formas, muchos animales domésticos liberados no sólo cambian de conducta sino también de forma corporal. Los cerdos se vuelven más hirsutos y tienden a desarrollar los colmillos; en su progenie reaparecen las rayas de los cerdos salvajes jóvenes. Como comentó precísamente Charles Darwin, “en ese caso, lo mismo que en muchos otros, sólo podemos decir que cualquier cambio en los hábitos de vida aparentemente favorece a una tendencia, intrínseca o latente de la especie, a volver al estado primitivo”. Así, Darwin se contradice a sí mismo, dado que su teoría de la evolución postula cambios mórficos exclusivamente con fundamento en mutaciones genéticas, no en un cambio de hábitos (Lamarck).

La teoría de la causación formativa plantea preguntas bastante interesantes. Así, por ejemplo:

Tal vez ni siquiera los átomos existieron siempre y sus formas y propiedades presentes quizá sean sólo hábitos exitosos. Es posible que la selección natural opere en los reinos atómico, molecular y cristalográfico, tal como lo hace en el reino biológico. y si las moléculas y los cristales efectivamente heredan una memoria de los anteriores de su clase en virtud de la resonancia mórfica, debe existir la posibilidad de estudiar la construcción de hábitos por medio de experimentos realizados con sustancias químicas y cristales de síntesis reciente.

Las galaxias y las estrellas también representan pautas repetitivas de organización, que pertenecen a distintos tipos con ciclos vitales característicos. Quizá también ellos sean hábitos; por repetición, las pautas exitosas de organización galáctica y estelar se habrían vuelto cada vez más probables. Lo mismo podría valer respecto de los sistemas planetarios y los planetas. Quizás existan otros planetas en otra parte de la misma especie que, por ejemplo, Venus, Júpiter o la Tierra. Esto plantea la vertiginosa posibilidad de que nuestro planeta esté en resonancia mórfica con planetas semejantes de otras partes del universo. El proceso evolutivo en la Tierra podría haber seguido una pauta habitual ya establecida en otros planetas análogos. O quizá nuestro planeta sea el primero que experimente este tipo de senda de desarrollo, y otros sigan sus huellas…

Sheldrake también investiga experimentalmente fenómenos como la telepatía. Más información sobre todo ello en:http://www.sheldrake.org/

Lectura básica recomendada: – Rupert Sheldrake. “El renacimiento de la naturaleza. La nueva imagen de la ciencia y de Dios“. ed. Paidos.

A mi la teoría de la causación formativa también me plantea otras preguntas sobre ciertos hábitos, como el de este mono escéptico.

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